Caprichos warholianos: ‘The Velvet Underground and Nico’ (1966)


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Quien haya observado detenidamente -o de un vistazo- alguna obra de Andy Warhol, probablemente compartirá conmigo una impresión a priori plúmbea, oportunista, ociosa y reiterativa. No hablo solo de las latas de sopa ni de la sonrisa de Marilyn, sino de ese cine de corte experimental que se atrevió a rodar sin atisbos de pautas, escuela o respeto a la duración. Un “cine” que de un modo caprichoso pretendió unirse a la corriente de nuevos modos fílmicos en los años sesenta como la nouvelle vague francesa, el free cinema inglés o la Nova Vlná checoslovaca. Escuelas cuyos autores compartían una fuerte atracción por la fotografía, por personajes rocambolescos, exigentes, inquietos; y por unos guiones cuánto menos revolucionarios en cuanto estructura y diálogo se refiere. En las filmotecas nombres en negrita como Oldrich Lipsky (‘Happy End’, 1967), Lindsay Anderson (‘If…’, 1968), Tony Richardson (‘La soledad del corredor de fondo’, 1962), Louis Malle (‘Le feu follet’, 1963) … o el tan recurrido Godard (‘Una mujer es una mujer’, 1961). Estos modos subieron como un géiser por un deseo innovador de hacer cine sobre el que Truffaut ya escribió en 1954 en Cahiers du Cinema, en un artículo donde defendía el rodaje en exteriores, la espontaneidad de las actuaciones y la implicación del director como autor absoluto de la obra. Si bien el público no hizo taquillazos de tales experimentos, en diversos lugares de Europa la crítica sí lo recibió con una polémica constructiva que hasta hoy ha permitido la impresión de numerosos libros y estudios sobre esa década que peleó contra el académico Hollywood y que continuaron cineastas como Víctor Erice, Abbas Kiarostami, Jim Jarmusch, José Luis Guerín…

Ese cine de arte y ensayo en cierto punto mimó la mirada de la crítica exigente y la distrajo de las creaciones plásticas que en los años sesenta nutrían las galerías de Estados Unidos y Europa. ¿Por qué un tipo tan afamado y reconocido como Andy Warhol querría pringrarse si no por un arte tan paralelo a la pintura? Abran YouTube y tecleen “Andy Warhol movie”. Tras varios cortometrajes probablemente comprueben que el peliblanco no conocía muchos límites ni respeto a los estándares mencionados arriba. Tampoco una apuesta por la fotografía y por el montaje como sus loables coetáneos. Un ejemplo totalmente atroz son las ocho horas de ‘Empire’ (1964), rodadas en su totalidad con un plano fijo del Empire State Building desde una terraza ubicada a dieciséis manzanas de distancia. También en el rodaje implícito de una felación o en las más de cinco horas de filmación de un hombre durmiendo… Para bien o para mal, a Warhol le gustaba el asunto de repetir y cansar.

No obstante cabe rescatar un cortometraje que, a pesar de ser un arma de propaganda de su marca y de estar rodado con zooms desquiciantes, desenfoques, fundidos a negro y mucho, mucho párkinson, constituye un documento sin duda atractivo de contemplar a poco tiempo de la muerte de Lou Reed. Quizás si al músico le hubieran propuesto rodar esto en los noventa se lo habría pensado un par de veces. Pero para el año que data la cinta (1966), Reed era toda una máquina de la experimentación aún bajo el sello The Velvet Underground. En el documental podemos verle encadenando acordes y riffs en compañía de su banda, ensayando en un local pagado por Warhol ese sonido tan extraño para la época que hoy algunos clasifican como protopunk y otros como un prematuro indie rock. También es interesante observar el trabajo de fotografía de Paul Morrissey a modo de esquema previo a su extraña filmografía, entre la que cabe destacar la italiana ‘Sangre para Drácula’.

Una warholada bien vale un homenaje al animal del rock. Descanse en paz Lewis Allen Reed.

Recuperar Madrid


Este domingo de octubre ha sido tan madrileño como otro cualquiera. Los más glotones han apurado su tapeo para irse a casa a comer con el estómago medio lleno. Los puestos del Rastro echaron el cierre a eso de las 14h. La calle Preciados no ha dejado de estar abarrotada. En Casa Labra ha volado el bacalo. Los cinéfilos han hecho cola en Tirso de Molina para ver el estreno de turno. Un mimo aguantó lo inaguantable en la calle Mayor para llevarse unas monedas. La cuesta del Moyano ha vuelto a ofrecer libros a precio de saldo. Y los turistas se han quedado boquiabiertos mirando cómo Velázquez les desafiaba de frente desde su cuadro más famoso. Yo he tenido el lujo de ver a mi Atleti en el Calderón llevarse tres puntos después de un paseo a orillas del Manzanares. Todo ha ido como la seda, hasta que a media tarde he abierto el periódico digital y me ha entrado una depresión. Titular de El País: “La decadencia de Madrid“. Pincho y al momento se abre una larga página en la que se detalla la ruina en la que está sumida la ciudad en la que he crecido. No solo por la deuda -que ya supera los siete mil millones- sino por el bajón cultural, artístico y social que padece la villa. Realmente no sé por dónde empezar.

Estatua Baroja, Madrid

A simple vista puede parecer que en Madrid se puede respirar cultura como antes. Pero si de algo sirven las cifras es para mostrarnos lo que tapan los grandes carteles. Solo en los últimos años medio centenar de cines ha echado el cierre o se ha convertido en tiendas de ropa y restaurantes (queda una treintena de salas). Muchos teatros hoy son discotecas. El café, seña de identidad en tantos títulos de autores como Larra, Galdós o Buñuel, ya no se sirve en 4.500 cafeterías, ahora locales traspasados o a la espera de compradores. En La Latina están poniendo multas por charlar en la puerta del bar con la consumición en mano, aunque el lugar esté hasta la bandera. El transporte público está más caro que nunca, y la frecuencia de sus trenes y autobuses es cada vez menor.

Tampoco es agradable a la vista un Palacio de la Música que permanece tapiado en la Gran Vía, ni tampoco enterarse de que el Ayuntamiento ha prescindido de su habitual festival de Jazz. El mismo evento en el que Miles Davis tocó su trompeta ante miles de personas en el Palacio de los Deportes. El próximo noviembre iba a celebrar su 30ª edición en el Fernán Gómez, un teatro de legendario nombre cuya gestión va a ser privatizada.

De algún modo cuestiones tan importantes como el paro, la corrupción y la sensación general de crisis están haciendo mella en el turismo de la capital, con un 22% menos de visitantes en agosto mientras crece en el resto de España. Y aunque a muchos el tema de los Juegos Olímpicos no nos ha quitado el sueño, lo cierto es que dudo mucho que el discurso de la alcaldesa a modo de cuentacuentos haya servido para motivar la visita de nuestros vecinos europeos. Y también dudo que esos 1.500 millones que prometió invertir si la candidatura hubiera recaído en Madrid vayan a parar a capítulos como la educación o el mismo deporte del que presumimos…

Menos mal que el 12 de octubre está al caer y podremos sacar a hondear la banderita mientras los tanques discurren por Castellana. Para eso sí hay dinero público suficiente. También para mantener los cerca de 160 asesores que tiene la regidora en nómina. Más de diez millones de euros que se reparten entre familiares y militantes de su partido. Y para tantas otras cosas que ni usamos ni decidimos.

En fin. Nunca me ha gustado amargarme ni abusar del castellano para “poetizar lo lejano”, como decía Baroja. Por eso no voy a teletransportarme a la década de los ochenta con el único fin de despreciar la mía. Fue una época a buen seguro repleta de creatividad y felicidad por haber vuelto a encender la llama que apagó la dictadura. Y esa luz, aunque se agota, sigue iluminando los cines, teatros y salas de conciertos que sobreviven en callejones. Solo hay que abrir la Guía del Ocio para darse cuenta de que la oferta no es cara ni escasa. Esta misma semana he visto en directo la pintura de los Macchiaioli en la Mapfre a coste cero. He comprobado que la Feria del libro antiguo sigue ocupando Recoletos cuando llega el otoño. Y además he podido ver ‘El jovencito Frankenstein’ de Mel Brooks por solo 2€ en pantalla grande, y en analógico. La Filmoteca sigue de pie en Antón Martín. Su permanencia y la de otros templos similares depende en gran parte de los políticos, gestores y promotores culturales, pero sobre todo de los ciudadanos. Hay que asumir lo perdido y confiar en una ciudad referente en todo el mundo, que ofrece lo mejor de sí misma y que cada día nos lo pone fácil para salir de casa. Y da igual que el alcalde se apellide Canalejas, Galván o Botella. Hay que recuperar Madrid.

‘Después de tantos años’ (1994). El amargo recuerdo de los Panero


Una mano llama a una puerta que nadie abre. Escenas del Frankenstein de James Whale (1931) se entremezclan con las lúgubres notas de un piano y la voz de Loreena McKennitt. Su Greensleeves combina con los silencios, la oscuridad, con los primeros planos a esas caras desencajadas capaces de describir por sí solas el drama latente de sus vidas. De algún modo también nos hacen mirar a nuestro propio interior, reflexionar sobre lo innecesario que resulta el pesimismo para un trayecto tan corto y sin billete de vuelta. Ricardo Franco resucita la misa de réquiem que Jaime Chávarri dirigió en 1976, sabiamente llamada El desencanto. Aquel documental supuso algo más que el simple relato de una familia burguesa de provincias. Fue el precoz testamento -quizás fortuito- de un apellido ligado a las letras y al alcohol, a la desidia rural de una comarca tan áspera como la leonesa en mitad de un post franquismo que todavía olía a posguerra.

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Imagen de Michi Panero en ‘Después de tantos años’ (1994)

Reflejo de los últimos suspiros de la dictadura por la verborrea de unos personajes que no vivieron mal bajo su amparo, la cinta evocaba la vieja gloria de quien fuera uno de los escritores oficiales del régimen, Leopoldo Panero (1909-1962). Su mujer, Felicidad Blanc, y sus hijos Juan Luis, Leopoldo María y Michi daban fe de un apellido bohemio y acomodado, pero también decreciente en éxito y popularidad. La crudeza de su testimonio encajó de lleno en un contexto de aperturismo que impregnó el celuloide con documentales como Queridísimos verdugos (Basilio Martín Patino, 1977), El asesino de Pedralbes (Gonzalo Herralde, 1978) o largometrajes de marcado discurso político como Solos en la madrugada (José Luis Garci, 1978).

Así el apellido Panero ganó el pulso a las décadas y fue cosechando un cúmulo de devotos hasta nuestros días, ya sea por su literatura grisácea o por el morbo que ha suscitado desde entonces su oscura figura. Como una rama más junto al resto de Poes, Rimbauds, Bukowskis y demás autores que han terminado colgando del mismo sauce. Una fama que Después de tantos años (dieciocho el año de su estreno, 1994) no parece gustar a sus protagonistas por el descrédito que asocian a la leyenda. “Hoy veo la película y me parece Bambi”, dice Michi, a modo de querer negar la grandeza del documental. “Solo somos una familia normal en la que de pronto surge una generación de hermanos absurdos”.

Mientras rememora las palizas de su padre una máquina de escribir suena en la distancia. Es la que su hermano mayor golpea entre las cuatro paredes de su celda en el psiquiátrico de Las Palmas. En esa jaula devora desde hace más de treinta años las líneas de infinidad de autores que recita de memoria, a veces difíciles de entender entre las caladas sin pausa de su cigarro y por sus propias perlas. “Cuando me ingresaron me inyectaron cuatro botellas de vodka en vena y otras cuatro de estricnina. Y el puño cerrado”, exclama Leopoldo, refiriéndose al manicomio de Mondragón (Guipúzcoa) donde su madre le ingresó por primera vez. “Yo me llamo Leopoldo María Panero y paso de neumonías típicas, de orgías de sangre, de ‘electroshocks’ y de cosas por el estilo. Si este país es un delirio, yo no”, pronuncia al vuelo este hombre condenado a vivir en verso.

Contemplas las caras y piensas que Cronos no ha hecho justicia con esas arrugas escarbadas por el tiempo, pero a la vez comprendes las consecuencias de una vida pagada en tabaco, soledad y pesimismo. “La vida es un progreso de demolición. El infierno es la realidad de la existencia”, recita Leopoldo. “Como lo que puedo y bebo lo que no puedo…”, lamenta también Michi, fallecido en 2004.

Después de otros tantos años siempre es interesante revisar esta especie de ‘remake’ de la memoria. Os dejo la primera parte de una tertulia en Negro sobre blanco, donde Sánchez Dragó entrevista a Leopoldo María Panero. Participan el propio poeta, Jaime Chávarri y José Benito Fernández, autor de su biografía. También podéis consultar fragmentos de su obra poética en A media voz.

‘El artista y la modelo’: Detener el instante


Título: El artista y la modelo Director: Fernando Trueba País: España Guión: Fernando Trueba, Jean-Claude Carriere Reparto: Jean Rochefort, Aida Folch, Chus Lampreave, Claudia Cardinale Productora: Fernando Trueba Producciones Cinematográficas S.A. Género: Drama Fecha de estreno: 28/07/2012

Un relato tan mimado como ‘El artista y la modelo’ merece un visionado lento, paciente. Dejar que los minutos se derritan en la retina, mientras el artista
cambia de herramienta, esboza sus bocetos, reflexiona. Trueba le dedica esta película a su hermano Máximo, un escultor al que el cineasta debe su pasión por las artes. Y este film es todo un homenaje a las obras de arte. Al arte dentro del arte.

Desde el principio ambos personajes se observan desconocidos, desconfiados uno del otro. A su alrededor todo es naturaleza, y su vínculo es tan solo un austero y oxidado taller. Poco a poco se van acercando, comienzan a tener un lenguaje común, empiezan a comprenderse mientras la amenaza de la distancia se cierne sobre ellos. En ese proceso se intercambian valores. Pequeños detalles como sonreír, pasear, saborear un pan con aceite, llorar. Y todo bajo el telón de fondo de una guerra más allá de las montañas, que acecha sin interrumpir el posado de la modelo desnuda, frágil como el mismo yeso.

Al igual que el artista -brillantemente interpretado por Jean Rochefort- Trueba va esculpiendo un guión paciente, sin fisuras, entrelazando la relación entre ambos sujetos, que empieza fría pero que acaba siendo imprescindible. El abrazo es mutuo.

La música no suena en toda la película. Para qué. Tan solo al final, cuando la novena de Mahler detiene el instante, nos damos cuenta de nuestro mundo acelerado, consumista, opaco, de todos esos momentos que dejamos escapar a diario.

Estamos ante un film nada convencional, que logra hacer mucho con muy poco. Una nueva ópera prima escrita con carboncillo y pulida con cincel hasta el máximo detalle. Sin duda el guión más libre y natural de un director de altibajos, pero tan capaz de rodar poesía como Erice o Bergman. Un Trueba que renace, que se esculpe a sí mismo y que rompe estereotipos, empezando por los suyos.

Marley: El rey del reggae


 

Título: Marley Estreno: 29/06/2012 País: Estados Unidos Director: Kevin Macdonald Guión: Kevin Macdonald Reparto: Bob Marley, Documental Productora: Cowboy Films / Shangri-La Entertainment / Tuff Gong Pictures Género: Música, Biográfico

Por primera vez la familia del jamaicano ha permitido difundir públicamente material privado sobre su vida y obra, lo que permite acercarnos de forma exhaustiva al cantante y poder comprender al fin su verdadero legado, un perpetuo árbol de música y vitalidad que nació de una pequeña semilla en un pequeño pueblo selvático.

Desde que nació, el pequeño Bob tuvo que soportar burlas de la gente de su aldea por su condición de mestizo, y por lo general su vida fue una continua senda de baches desde el momento en el que decidió abandonar los estudios a temprana edad. Sin embargo, el positivismo que supo transformar en música le acabó convirtiendo pronto en un símbolo de paz y libertad en una tierra donde la débil democracia se fundía con la anarquía guerrillera y la corrupción política. Sus canciones transmitieron esperanza entre la incomprendida y hambrienta población, sentimiento que también contagió a muchos pueblos africanos que se identificaron con el poder de un poderoso ritmo nacido en medio de la selva.

El género que su banda, The Wailers, y otros músicos jamaicanos habían bautizado como “reggae”, rápido se extendió por todo el planeta mediante inolvidables conciertos en Inglaterra, Japón, África e incluso Estados Unidos. Y es que hablar de Bob Marley no es solo describir su biografía, sino explicar cómo surgió el rastafarismo y cómo influyó en la mentalidad de la época hasta la actualidad. La filosofía del cantante, su carisma, sus letras, su forma de vida, el poder de sus palabras… son narrados en el documental desde la simpatía que emanaba Bob, siempre con una sonrisa en la cara incluso al final de sus días sumido en un cáncer.

Kevin Macdonald (El último rey de Escocia) ha sabido recuperar la esencia del emblemático rastafari para construir un film muy bien documentado, plagado de entrevistas, conciertos y documentos inéditos hasta la fecha. Todo ello bajo un meticuloso montaje, una inagotable banda sonora y un aura tribal que nos lleva a lo más profundo del alma de Bob Marley, a los orígenes de un pacífico activismo musical que le acabó convirtiendo en un indiscutible icono de la igualdad humana. Imprescindible.

‘Cine para leer’ celebra su 40 aniversario


Foto: Pablo R. Velasco

El Cine Palafox ha acogido este martes la conmemoración del 40 aniversario de Cine para leer, un popular anuario de la información y la crítica de las películas estrenadas en España que ya ha distribuido más de medio centenar de ejemplares.

Cine para leer comenzó a publicarse en 1972 recogiendo las críticas de la desaparecida revista Reseña, primero de forma anual y a partir del año 2000 de manera semestral hasta nuestros días. Desde sus principios la revista siempre ha apostado por enriquecer la cultura y la educación audiovisual, como han querido dejar claro los ponentes durante un breve coloquio. Estos han manifestado su alegría por la supervivencia de este tipo de publicaciones en un entorno económico-social marcado por la escasa estima al sector cultural. Así lo ha expresado el escritor Pedro Miguel Lamet, quien fue redactor jefe de la revista Reseña en los años 70. “El escaso interés por la cultura se ha ido cargando poco a poco a todas las revistas culturales del país, como La estafeta literaria y la propia Reseña“, denunció. “Hoy en día el cine es el mismo producto pero más trivializado, muy lejos de aquel culto de la sala, pero desde luego sigue estando vivo y se puede asegurar que hay un nuevo interés por el cine”.

Por su parte, el consejero delegado de A Contracorriente Films, Adolfo Blanco, fue rotundo al expresar que “se está perdiendo a toda una generación de cinéfilos”. “No me imagino a un niño de 13 años comprando hoy Cine para leer y demandando soluciones ante el consecuente empobrecimiento cultural que padece la sociedad”, dijo. Por eso celebra que todavía exista una publicación “que se pueda degustar y que expanda los horizontes culturales”. “Trabajaremos para que este anuario llegue pletórico de vigencia y salud a sus bodas de oro y perviva”, añadió en este contexto el director de Ediciones Mensajero, Josu Leguina.

Destacó la presencia del joven cineasta español Borja Cobeaga, quien fue redactor del Equipo Reseña antes de comenzar a rodar cortos y debutar en el largometraje con Pagafantas (2009). Declaró de forma nostálgica haber sido “el típico caso de crítico frustrado que se hizo director”, haciendo mención a la importante labor que cumple el anuario. “Es digno de celebrar que año tras año siga manteniéndose el espíritu crítico de la revista”, añadió.

Como nota anecdótica, el director comenta cómo se le ocurrió su primer cortometraje, La primera vez, mientras veía ¿Conoces a Joe Black?, a la que calificó de espantosa sin perder la sonrisa.

Profesor Lazhar

De forma previa al coloquio, los asistentes al evento han podido disfrutar del pase de Profesor Lazhar antes de su estreno el próximo 18 de mayo. Distribuida en España por A Contracorriente Films, ha sido elegida Mejor película canadiense de 2011 además de haber sido nominada al Oscar al mejor filme de habla no inglesa.

Los amantes del cine y de su literatura pueden  encontrar  críticas e información de cartelera en la web de Cine para leer, así como  acceder a reseñas literarias sobre diversas publicaciones cinematográficas.

‘Madrid, 1987’, de David Trueba


Título: Madrid, 1987 Fecha de estreno: 13/04/2012 País: España Director: David Trueba Guión: David Trueba Reparto: José Sacristán, María Valverde Productora: Buenavida Producciones Género: Drama 

EL DESNUDO DE DOS GENERACIONES

Estamos ante el valiente relato de un pulso generacional narrado entre el presente y el pasado, que enfrenta lo viejo con lo nuevo, la vida que se va contra la que llega, y todo con el Madrid de los 80 actúando de presente. David Trueba ha dejado en un segundo plano la fotografía, la música e incluso la iluminación, para ponernos delante del espejo a dos voces en penumbras, marcadas por épocas diferentes y ahogadas en sus propios mares de sabiduría, curiosidad y deseo. Un deseo plasmado en la belleza de María Valverde, una actriz que aunque parecía encasillada en la moto de un cachitas demuestra que también vale para el cine más independiente y comprometido. Lo frágil y delicado de sus curvas se combinan con la firmeza de sus palabras, calladas tan solo por el discurso de su sabio compañero de diálogo. Y esta palabra que precede al punto debería ir escrita en mayúsculas, ya que es precisamente el diálogo lo que hace fuerte a esta historia.

La ilusión y la inocencia representada en Ángela (María Valverde) se funden con el cansancio, la ironía y la experiencia de Miguel (José Sacristán), un afamado periodista oxidado por el whiskey y los cigarrillos que han acompañado a sus artículos durante el largo franquismo y la transición. Veterano como el papel que interpreta, Sacristán representa una forma de vivir haciendo un periodismo que hoy ya no existe, aquel de incansable lectura, lápiz y libreta. Aunque su vieja máquina de escribir ya no teclea al dictado de un caudillo bajito, las canas y la rutina le han convertido en un viejo erudito al que ya le pesan los años.

Bien por admiración u oportunismo, la joven Ángela acude a él en busca de los consejos que no recibe en la facultad, ingenua a la vez que intrigada por las verdaderas intenciones de su maestro. Pronto la desnudez de sus palabras cubren sus cuerpos y les encierra entre cuatro mugrientas paredes, despojándolos de la artificialidad del mundo exterior, al que solo se pueden asomar desde una pequeña ventana.

Ambos cuerpos se cruzan y pelean entre sí, a modo de un combate al desnudo sin vencedor ni vencido en el que solo importa la metáfora del mensaje, la lección que se esconde tras la retahíla hipnótica del bohemio escritor, que tanto desea a las carnes de su compañera de encierro como poseer su misma ilusión por la vida.

Palabras que bailan en torno al amor, la política, el sexo, la literatura, mezcladas con un brillante ejercicio de cámara a puerta cerrada, de planos íntimos y minimalistas que recorren cada rincón de tan pequeño escenario. Una puerta que tal vez represente esa brecha entre un pasado oscuro al que el presente no termina de perdonar, esas ganas de vivir y de romper la barreras que nos enfrentan y limitan a diario, sin importar la edad, la época o el lugar.

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