Todo cambió ya….


Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo

«Todo cambió ya. La niñez se derrumbó a mi alrededor. Mis padres me miraban con un cierto embarazo. Mis hermanas llegaron a serme extrañas. Una vaga desilusión fue debilitando y esfumando mis sentimientos y mis alegrías habituales; el jardín no tenía perfume, el bosque no me atraía, el Mundo se extendía alrededor de mí como un saldo de trastos viejos, insípido y desencantado; los libros eran papel; la música, ruido. No de otro modo pierde sus hojas el árbol otoñal en torno suyo. No lo siente, y la lluvia, la escarcha y el sol resbalan por su tronco, mientras su vida se retira a lo más íntimo y recóndito. No muere. Espera.»

Demian (1919) – Hermann Hesse

‘Después de tantos años’ (1994). El amargo recuerdo de los Panero


Una mano llama a una puerta que nadie abre. Escenas del Frankenstein de James Whale (1931) se entremezclan con las lúgubres notas de un piano y la voz de Loreena McKennitt. Su Greensleeves combina con los silencios, la oscuridad, con los primeros planos a esas caras desencajadas capaces de describir por sí solas el drama latente de sus vidas. De algún modo también nos hacen mirar a nuestro propio interior, reflexionar sobre lo innecesario que resulta el pesimismo para un trayecto tan corto y sin billete de vuelta. Ricardo Franco resucita la misa de réquiem que Jaime Chávarri dirigió en 1976, sabiamente llamada El desencanto. Aquel documental supuso algo más que el simple relato de una familia burguesa de provincias. Fue el precoz testamento -quizás fortuito- de un apellido ligado a las letras y al alcohol, a la desidia rural de una comarca tan áspera como la leonesa en mitad de un post franquismo que todavía olía a posguerra.

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Imagen de Michi Panero en ‘Después de tantos años’ (1994)

Reflejo de los últimos suspiros de la dictadura por la verborrea de unos personajes que no vivieron mal bajo su amparo, la cinta evocaba la vieja gloria de quien fuera uno de los escritores oficiales del régimen, Leopoldo Panero (1909-1962). Su mujer, Felicidad Blanc, y sus hijos Juan Luis, Leopoldo María y Michi daban fe de un apellido bohemio y acomodado, pero también decreciente en éxito y popularidad. La crudeza de su testimonio encajó de lleno en un contexto de aperturismo que impregnó el celuloide con documentales como Queridísimos verdugos (Basilio Martín Patino, 1977), El asesino de Pedralbes (Gonzalo Herralde, 1978) o largometrajes de marcado discurso político como Solos en la madrugada (José Luis Garci, 1978).

Así el apellido Panero ganó el pulso a las décadas y fue cosechando un cúmulo de devotos hasta nuestros días, ya sea por su literatura grisácea o por el morbo que ha suscitado desde entonces su oscura figura. Como una rama más junto al resto de Poes, Rimbauds, Bukowskis y demás autores que han terminado colgando del mismo sauce. Una fama que Después de tantos años (dieciocho el año de su estreno, 1994) no parece gustar a sus protagonistas por el descrédito que asocian a la leyenda. “Hoy veo la película y me parece Bambi”, dice Michi, a modo de querer negar la grandeza del documental. “Solo somos una familia normal en la que de pronto surge una generación de hermanos absurdos”.

Mientras rememora las palizas de su padre una máquina de escribir suena en la distancia. Es la que su hermano mayor golpea entre las cuatro paredes de su celda en el psiquiátrico de Las Palmas. En esa jaula devora desde hace más de treinta años las líneas de infinidad de autores que recita de memoria, a veces difíciles de entender entre las caladas sin pausa de su cigarro y por sus propias perlas. “Cuando me ingresaron me inyectaron cuatro botellas de vodka en vena y otras cuatro de estricnina. Y el puño cerrado”, exclama Leopoldo, refiriéndose al manicomio de Mondragón (Guipúzcoa) donde su madre le ingresó por primera vez. “Yo me llamo Leopoldo María Panero y paso de neumonías típicas, de orgías de sangre, de ‘electroshocks’ y de cosas por el estilo. Si este país es un delirio, yo no”, pronuncia al vuelo este hombre condenado a vivir en verso.

Contemplas las caras y piensas que Cronos no ha hecho justicia con esas arrugas escarbadas por el tiempo, pero a la vez comprendes las consecuencias de una vida pagada en tabaco, soledad y pesimismo. “La vida es un progreso de demolición. El infierno es la realidad de la existencia”, recita Leopoldo. “Como lo que puedo y bebo lo que no puedo…”, lamenta también Michi, fallecido en 2004.

Después de otros tantos años siempre es interesante revisar esta especie de ‘remake’ de la memoria. Os dejo la primera parte de una tertulia en Negro sobre blanco, donde Sánchez Dragó entrevista a Leopoldo María Panero. Participan el propio poeta, Jaime Chávarri y José Benito Fernández, autor de su biografía. También podéis consultar fragmentos de su obra poética en A media voz.

“Rosas Rojas” por Gonzalo Tomás Salesky


En la puerta del hospital de urgencias, donde estacionan las ambulancias, había una pelea entre dos hombres. Me llamó la atención porque solamente uno de los dos golpeaba al otro, que no caía al piso a pesar de los tremendos puñetazos que el primero le aplicaba en el rostro. Habían comenzado dentro de un taxi y bajado de él a los tumbos. Quien recibía los golpes ni siquiera sacaba las manos de sus bolsillos, como si en ellos estuviera protegiendo algo valioso. No ofrecía ningún tipo de resistencia, sólo buscaba evitar los impactos. Pero no lograba hacerlo del todo, y el que golpeaba de manera feroz –que por su ropa parecía ser el taxista- le asestó varias trompadas más hasta que el agredido, al fin, se decidió a correr.

Me pareció extraño que no hubiera intentado defenderse o al menos, alejarse cuanto antes.

Perdí de vista a los dos hombres y seguí caminando. Entré al hospital por una de las puertas laterales. Venía bastante apurado, como siempre. Iba a visitar a un pariente internado y sólo llevaba un ramo de rosas rojas en mi mano derecha.

Unos segundos después, sentí que me empujaban desde atrás. Trastabillé y casi caigo al suelo. En una de las galerías, cerca de la terapia intensiva, el mismo hombre que había recibido los golpes me tomó del brazo y con un arma pequeña apuntó a mi pecho. Haciendo ademanes, me obligó a acompañarlo. No dudé un segundo.
Estaba muy lastimado y de su ojo izquierdo parecía caer sangre. Su camisa blanca, llena de pequeñas manchas de color oscuro. Y sus dientes…

Corrimos un largo trecho. La gente se horrorizaba al ver su cara destrozada y el revólver que llevaba en su mano derecha. Parecía algo grotesco, un hombre desequilibrado corriendo al lado de otro que seguía sosteniendo, como si fuera un trofeo, un ramo de flores. No entiendo por qué en ese momento no pude soltarlo.

Subimos a un pequeño ascensor. Allí bajó su arma y me miró a los ojos por primera vez. Sacó de su bolsillo una pequeña caja de color blanco, cerrada con cinta adhesiva, y me la entregó sin decir nada. Al detenernos en el segundo piso, volvió a tomarme del brazo y así corrimos hasta el borde de un balcón que se encontraba unos pasos delante de nosotros.

Abajo, la gente había empezado a congregarse. Extrañamente, a pesar de todo, yo me encontraba tranquilo y seguro de que no iba a lastimarme. Algo en su mirada lo decía. Pero aún no llegaba a entender por qué me había dado la caja.

– No la abras todavía. Sólo después que me vaya. No cometas los mismos errores que yo.

Habló como si estuviera leyendo mi mente.

No tuve tiempo de preguntarle nada. Acercó la punta del revólver a su garganta, debajo de la nuez de Adán, y disparó.

Se desplomó sobre mí. Y la sangre… ¡por Dios! Tanta sangre a borbotones sobre mi ropa, mis zapatos y el ramo de flores.

Me lo saqué de encima. Sentía vergüenza de pensar más en el asco que me producía ensuciarme que en la locura y el drama de ese pobre hombre.

En pocos minutos llegó la policía. Tarde, como en las películas. Sólo atiné a quedarme sentado, apoyado contra la pequeña pared que nos rodeaba. Guardé la caja en el bolsillo. Tuve la tentación de dejarla tirada o de esconderla en el pantalón del suicida, pero preferí respetar su último deseo. Cuando todos se fueran, la abriría.

Una vez en mi departamento, cerca de las cinco de la tarde, aún no había podido almorzar. Seguía asqueado por la horrible sensación de la sangre caliente sobre mi cuerpo. Volvía a verla, manando con violencia, mojando mis manos y mis pies.

Me senté en el living. Acababa de llamar la policía para pedir algunos datos y ver si podía aportar algo más. De paso, me avisaron que el psicópata no había muerto todavía. Estaba muy grave, internado en el mismo hospital de esta mañana. Era prácticamente imposible que sanara o despertara, según el comisario a cargo de la investigación.

Sin embargo, algo me impulsó a ir a verlo. Para saber más de él o de su vida. Además, me tentaba la idea de dejar la cajita blanca de bordes plateados entre sus pertenencias.

Pero no iba a poder hacerlo.

Una hora después, estaba en camino del hospital, por segunda vez en pocas horas.

Llegué a la sala de terapia intensiva pero dos oficiales me impidieron el paso. Estaban parados al lado de la puerta, uno de cada lado. Me preguntaron si tenía relación con él, si era familiar o pariente. No quise decirles mi nombre, sólo contesté que lo había conocido hace poco tiempo. El más joven me dio el pésame por anticipado y me informó que podía quedarme por allí, para esperar el obvio desenlace.

Di media vuelta y busqué la salida. Había sido un día bastante largo.

Apenas subí a un taxi para volver a casa, tomé la caja y me decidí a abrirla. De una vez por todas. Nunca hubiera podido imaginarme lo que contenía.

Tenía que entregársela a alguien. Pero no a cualquiera. Alguien que fuera capaz de llevar a cabo lo que la caja pedía.

Vi por el espejo retrovisor que el taxista había observado lo mismo que yo. Y supe que comenzó a desearla, con todas sus fuerzas.

Estacionó a los pocos metros, cerca del sector de entrada y salida de ambulancias, y giró hacia mí. Me exigió la caja y no quise dársela. Por eso mismo comenzó a golpearme. En el rostro, en los oídos, en el estómago… Pero no la solté. La guardé en mi bolsillo, a salvo de todo.

Tratando de esquivar sus trompadas, bajé del auto. Sin saber hacia adónde iba, empecé a buscar al próximo destinatario.

Advertí que desde lejos nos estaban mirando. Era un hombre calvo, como yo, que parecía llevar algo pesado en sus manos.

Lo seguí. Enceguecido por el impulso de compartir con alguien especial el contenido de la caja, fui hacia la galería donde se encontraba. Aún sin saber cómo iba a convencerlo de que acepte.

Se me ocurrió quitarle el arma a un guardia del hospital. Lo hice y corrí con todas mis fuerzas por uno de los pasillos. Mi corazón latía cada vez más rápido. La sangre ensuciaba mi camisa. Tenía el ojo izquierdo semicerrado y mis dientes…

Encontré al calvo y lo tomé del brazo. Con la pistola apunté a su pecho y lo obligué a correr junto a mí, para alejarnos de todo. Nos refugiamos en un ascensor.

Cuando bajamos en el segundo piso, casi sin aliento, le di la caja y le indiqué:

"Solo llevaba un ramo de rosas rojas en mi mano"

“Solo llevaba un ramo de rosas rojas en mi mano”

– No la abras todavía. Sólo después que me vaya. No cometas los mismos errores que yo.

No tuvo tiempo de preguntarme nada. Allí mismo, cerca del balcón, acerqué la punta del pequeño revólver a mi garganta y disparé.

Caí sobre él. Y mi sangre… por Dios, tanta sangre a borbotones sobre su ropa, sus zapatos y el ramo de rosas rojas que él seguía sosteniendo entre sus manos, como si fuera un maldito trofeo.

(*) Gonzalo Tomás Salesky Lascano nació en Córdoba en 1978. Ha publicado tres libros: 2011 (poemas y cuentos, en el año 2009), Presagio de luz (poemas, año 2010) y Ataraxia (cuentos y poemas, año 2011).

Antonio Gala: “Para ser un clásico hay que morirse… yo no tengo ninguna urgencia”


Ácido, sarcástico y lapidador. Son tres adjetivos que han acompañado a Antonio Gala a lo largo de su larga vida, y que todavía hoy, con 82 años a la espalda, mantiene a golpe de ingenio y verborrea. Pese a que las arrugas y el ánimo delatan un peor estado físico -aunque nada preocupante- la genialidad del poeta y dramaturgo ha vuelto a sorprender a los medios este martes en la cálida presentación en Madrid de ‘Quintaesencia‘, un compendio filosófico de las citas que engalanan su obra.

“Para ser un clásico hay que morirse”, bromeaba Gala al inicio de su puesta en escena. “Pero yo no tengo ninguna urgencia”. El cordobés de adopción quiso dejar claro que empieza a vislumbrar el irremediable final “que a todos nos espera”. “La vida es estar muriéndose, no se puede beber a grandes sorbos, y quien comprende esto puede vivirla y amarla más intensamente“, dijo. “Considero que he cumplido con mi vocación personal y social”, añadió.

Cabe recordar que el poeta superó recientemente un cáncer de vejiga que lo ha tenido apartado de las cámaras un largo año. Incluso de eso se atrevió a bromear. “Ahora solo bebo lo que toman los deportistas… a mi edad”. Y aunque reconoce que antes era más partidario “de ridiculizar al enemigo”, dejó caer alguna oración a modo de mensaje. “Hoy en día tenemos mucha libertad pero carecemos de la agudeza de mantener una opinión personal, somos muy influenciables. Eso es muy malo para un pueblo”. También dedicó una perla a las recientes elecciones catalanas. “No me metería con Artur Mas, le escribiría algo cachondo, que eso jode más”, bromeó.
Poco ha hablado sobre su última obra, tan solo dejar claro su esencia: “un resumen de mi vida, una referencia de mi obra de pensamiento, no de ficción”.

Antonio Gala, cuasi inmortal testigo de la historia, asegura que “antes de chochear, no habla y punto”. Pero este martes, refugiado entre las flores del Jardín Botánico de Madrid, ha demostrado estar satisfecho con su carrera.”He cumplido en mi vida, he sido sincero y he dicho verdades antipáticas, incluso para mí”. Por eso reconoce que el empeño que tiene su editora para que escriba una biografía “le resultaría doloroso”, ya que “tendría que volver al pasado y denunciar a ciertos personajes”.

Blue Girl Blues


Os dejamos en La Telaraña un Blues escrito por David Vázquez. Esperamos que os animeis a ponerle una melodía o cuanto menos algún que otro tono al leerlo.


I lost my blue train
On a blue monday
My blue girl was going there
I´ll be forever lonely

When the train left behind
The station to cross the rain
I started to sing and I…
I Could see her face again

She´s so hot, she´s so cool
She has wisdom and madness
So deep blue, but sometimes colorful
She rescues me from sadness

If I meet my blue girl
I´ll tell her I was here and away
Just trying to find her
But always in the wrong way

Tres cantes de David Puntero


Tenemos en La Telaraña tres cantes de David Puntero. Hondura trágica y sencillez se dan en ellos.

Esperamos que os gusten.

Desvívete por vivir
Me dijo mi hermana un día
Yo una pregunta me hacía
Por qué es tan fácil morir
Y tan difícil la vida

* * *

Ni contigo ni sin ti
Puedo yo vivir la vida.
¡Ay qué desgracia la mía!
Ni muerto estaría feliz
Ni viendo nacer el día

* * *

Que te quiero ya lo sabes
Más que a la vidita mía
Tú eres la luz de mis días
No se lo cuentes a nadie
Todos dirán que es mentira.

“Tu luna menguante” Poesía por Alex Beteta


El poeta Alex Beteta Torrentó (Badalona 1974) comenzó a escribir en la escuela siendo casi un niño y allí pocos eran los que podían hacerle frente en los concursos de redacción de los cuales salía siempre con el primer premio.

El amor (como a la mayoría de los poetas por no decir que a todos) le hizo comenzar a escribir versos y desde que le golpeó por primera vez hasta ahora no se siente abandonado.

La mujer, la belleza y sus formas y los padecimientos a los que como humanos estamos condenados, son los que hacen que en él se levanten el grito y los silencios de la poesía.

Su poética desnuda con sutileza al amor y sus consecuencias: miedo, temor, soledad, desamor, sexo, conocimiento, encuentro…

Hace poco lanzó una colección de más de 70 poemas a través de la plataforma de autoedición digital Amazon donde ha llegado a estar en el Nº1 de libros de poesía.

Él nos explica con estas palabras el título de su libro de poemas “La cadencia de la lluvia”

La vida es como la cadencia de la lluvia: caiga una llovizna o la mayor de las tormentas, no hay que dejarse llevar por el pánico, ni correr o huir despavorido buscando cualquier resguardo. Solo hay que pararse, pensar, mimetizarse con ella, captar su cadencia, su ritmo, formar parte de ella y entonces, cuando seamos dueños de la situación y de nosotros mismos, tomar la mejor decisión, el mejor camino…

Este es el poema que ha decidido compartir con nosotros y con vosotros, lectores.

Os dejamos que os dejéis llevar por sus versos sin caer en la tentación de comentarlos demasiado porque como señaló el autor búlgaro Elias Canetti en su “libro de los muertos” “Los vivos se alimentan de amor, los muertos, de juicios”

Disfrútenlo.

TU LUNA MENGUANTE

Quiero estar en tu luna menguante
para transformarla en creciente
utilizaré mis rayos de sol
según me supliques con tu voz
para abrir suave o salvajemente
caminos que no tienen final
altas cumbres ya sin nieve
ríos que no van a morir al mar
y cielos que sin nubes van.

Quiero saborear tu luna menguante
y crear electricidad, espasmos
idiomas extinguidos en tus dedos
en tu cara colores nuevos
en tus ojos un millón de rayos
en tu voz cientos de truenos
y nuevos matices al pronunciar mi nombre…
mi laboratorio es tu cuerpo.

Quiero dormir en tu luna menguante
hacer quebrar tu respiración
dejarte solo con un hálito de vida
robarte casi hasta el último suspiro
y vivir cada noche una resurrección
o reencarnación, según me pidas
añadiendo nuevas páginas a nuestro libro
e inundar nuestro cielo de estrellas.

Quiero vivir en tu luna menguante
tallar mi nombre, ser perpetuo
ya aprendí que tras nuestra tormenta
viene una breve calma y de nuevo la guerra
de la cuál eres la comandante
que llama a filas a mis tropas renovadas
que ya conocen el campo de batalla
de tantas veces que lo han conquistado
o has dejado que me lo crea
y conseguimos que siendo viejos amantes
cada lucha siga pareciendo nueva.

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