Tres cantes de David Puntero


Tenemos en La Telaraña tres cantes de David Puntero. Hondura trágica y sencillez se dan en ellos.

Esperamos que os gusten.

Desvívete por vivir
Me dijo mi hermana un día
Yo una pregunta me hacía
Por qué es tan fácil morir
Y tan difícil la vida

* * *

Ni contigo ni sin ti
Puedo yo vivir la vida.
¡Ay qué desgracia la mía!
Ni muerto estaría feliz
Ni viendo nacer el día

* * *

Que te quiero ya lo sabes
Más que a la vidita mía
Tú eres la luz de mis días
No se lo cuentes a nadie
Todos dirán que es mentira.

DiccioPoesía: Una definición, un verso.


David Puntero abrió hace poco más de un mes la cuenta @Redefiniendo en la que juega a dar una nueva definición poética a las palabras que más le llenan en cada momento.

Mostramos una de todas ellas y animamos a todo el que le guste la idea a participar del juego.

Vamos a compartir de vez en cuando alguno de los tuits con los que redefine el idioma.

Literatura: Fermento de la palabra. Como la cerveza de la cebada o el vino de la uva.

“Las Ruedas” Letra para una canción en rodaje.


Subimos hoy a La Telaraña un texto de David Puntero sobre el eterno movimiento circular de todo. Esperemos que os guste y os deseamos unas Felices Fiestas.

Las ruedas

Las ruedas traen, las ruedas se llevan
Los coches que hay en las carreteras

De un lado van, por el otro llegan
De la orilla del océano
Hasta las cimas de la tierra

Las ruedas suben, las ruedas bajan
Desde las nubes a la mortaja

De un lado caen, del otro se elevan
Desde el centro de la tierra
Al corazón de las estrellas.

Las ruedas traen y se llevan
Vienen y van
A un tiempo caen y se elevan
Y todo solo con rodar.

Según el giro de ellas
los ritmos suenan

Igual que el cautivo sueña
Con ser pájaro y volar
Las ruedas desean rodar

Siempre hay una rueda que nos lleva
Hasta que tropieza con la escalera

Siempre hay una rueda que se eleva
Cuando quieres darte cuenta
Estás girando con ella.

Las ruedas traen y se llevan
Las ruedas se van y llegan
Las ruedas caen y se elevan
Las ruedas todo lo ruedan.

Las ruedas, las ruedas…

Noria

“Dueño del Universo Conocido” Ficción a partir de una noticia.


Nuestros colaborador habitual David Puntero nos deja en La Telaraña un texto que recrea ficticiamente esta noticia del diario La opinión de La Coruña.

“Dueño del Universo Conocido”

La cara del teniente de la Guardia Civil Serafín Romero Díaz, de pronto asemeja un caligrama de Apollinaire dedicado a las verbenas. Ante él se está desarrollando una de las escenas más extrañas que ha vivido nunca en cuartel. Se da cuenta que nadie sabe qué decir en la sala y toma aire.

-Entonces, a ver si yo he entendido bien, -Dice al final con temple de torero jubilado ya de la arena- ¿Usted viene aquí en calidad de “Dueño de todo el universo conocido” A denunciar a una ciudadana de Vigo porque ha levantado un acta notarial en la que se acredita como dueña del Sol?
-Sí, señor teniente, puede pedir las grabaciones a la televisión en la que han salido las imágenes en las que ella lo proclamaba. – Responde el denunciante mostrándose muy preocupado.

El teniente se lleva la mano a la frente. Los dos cabos que están con él en la sala están, uno, conteniendo la carcajada, y el otro, mirando con mucha curiosidad aquella escena entre su teniente y aquel hombrecito pequeño y redondito, que parece más un gnomo o un empleado de banca a punto de la jubilación, que un Dueño de Todo el Universo Conocido “Como Dios manda” y que ha venido a pedir que investiguen a otra mujer que ayer vio él mismo en la televisión mientras tomaba café con su compañero en un bar del pueblo, anunciando, en una de esas revistas televisivas de las tardes, que había levantado un acta notarial que daba fe de que ella era “Dueña del Sol”

“ Adquiero la propiedad del astro solar, conocido comúnmente con el nombre de “Sol”, y así mismo de su producción electromagnética y radiactiva, ya que no existe ni es conocido propietario desde hace 5.000 millones de años hasta la fecha”

El cabo se distrae recordándolo, y hasta le viene algo del olor del café que ya se tomó pero vuelve a su oído la voz del teniente.

-Y usted –Le pregunta al pobre hombre- ¿Tiene algún documento que acredite que es Dueño de Todo el Universo Conocido?
-¿Yo? -Le dice el hombre sorprendido por la pregunta- Yo nunca, jamás se me ha ocurrido hacer eso…- Respira hondo, se frota las manos que le sudan copiosamente- Mire… Yo no soy de esa gente. No necesito decir “Tengo esto” o “tengo lo otro”, yo delegué, al inicio de los tiempos, la gestión de todo a mis hijos que son mis abuelos también, pero, como usted verá yo y en mi nombre los desheredados de la Tierra y la Naturaleza entera, plantas y animales, nos vemos ahora perjudicados porque sospechamos que esta señora solo quiere lucrarse…
-Ya, pero verá, -Le dice el Teniente intentando poner el tono más humano posible en sus burocráticas palabras- si usted no me acredita que es Dueño de Todo el Universo Conocido…
-Y por conocer –le interrumpe el hombrecillo
-Ah. ¿Y por conocer también? Vaya –Dice sorprendido el Teniente, que empieza a sospechar que tal vez esto le lleve más tiempo del que sería necesario para que de parecerle divertido le pase a parecer una jodienda.
-Verá buen hombre… ¿Cuál es su nombre?
-Eulogio.
-Eulogio, muy bien… Verá – Respira hondo- Usted dice que es Dueño de Todo el Universo Conocido y por Conocer, pero yo para ponerle en calidad de tal necesito algún documento que así me lo certifique, ¿Por qué no va a buscar a ver si tiene algo que le valga y vuelve mañana?

Eulogio se le queda mirando con ojos tristes un instante, después baja la cabeza hacia la mesa y sus mirada se detiene, medio vacía, en las hojas que hay sobre esta. El Teniente Serafín Romero Díaz piensa aliviado que tal vez aquello no vaya a durar tanto como temió pero Eulogio vuelve a levantar la cabeza, le vuelve a mirar a los ojos y antes de que se den cuenta, los suyos, se han llenado de lágrimas y con la voz apagada y gesto de máscara trágica empieza a tratar de decirles que ellos no le entienden, pero no puede hacer sonar una sola palabra. Solo mueve la boca como si dijera “Usted no me entiende” Una y otra vez. Mirando a unos y otros. Así durante lo menos 3 minutos. Después se serena, le vuelve la voz y pasa un minuto en el que se va relajando mientras les dice que cómo va a creer él en el Derecho Romano de Propiedad si este permite a ciudadanas de Vigo proclamarse dueñas del sol en actas notariales.

-Miren, yo puedo tratar de demostrarles que conozco el aire y el agua en todos sus estados.No sé cómo pero a ustedes seguro que se les ocurre alguna manera. Además los primeros que pintaron estrellas en las cuevas, en la noche de los tiempos, fueron mis abuelos que a la vez eran mis hijos también. ¿Eso les valdrá como prueba?

En ese momento el Teniente Serafín Romero Díaz se da cuenta de que no habrá manera de deshacerse de aquel pobre hombre si no es siguiendo el protocolo de denuncia y ya se verá que se hace con el papel que resulte del ejercicio.

Así que agarra lápiz, agarra el formulario de denuncia y se lo tiende al hombre.

-Bueno, pues aquí tiene, redacte la denuncia y désela a alguno de estos dos compañeros. Yo tengo que ir a hacer una llamada.

Eulogio le pregunta si puede sentarse, el teniente Serafín Romero Díaz le cede una silla y le deja escribiendo sobre su propia mesa. Después toma del perchero su abrigo largo y sale de la habitación del cuartel dejando la puerta abierta por la que se cuela un frío endemoniado. Cuando Eulogio termina su escrito, lo lee con gesto absorto.Lo firma y debajo escribe. “Todo es cierto” y lo subraya. Después él también sale a la calle y no ve a nadie en la puerta.

Antitabaco


Espero el autobús en el Sur de La Ciudad. Hace frío.

El autobús tarda 10 minutos. Cuando llega y entro en la atmósfera somnolienta de su interior me siento a la izquierda, junto a la ventana y miro el paisaje : las calles a la luz de las farolas. Al fondo, sobre las casas bajas, se ve la penumbra del primer clarear de la mañana.

Hacemos una rotonda y me doy cuenta que el conductor lleva puesto un disco de Bob Dylan, la canción que esta sonando es “Rainy day women”. Me gusta el deje vacilón que tiene. Me gusta que sea una mañana de lluvia. Busco alrededor a las mujeres del día lluvioso, pero nada. Miro hacia el otro lado de la ventana de nuevo y escucho la canción hasta que acaba y después otra. Luego se oye la radio. Me duermo apoyado contra el vidrio.

Despierto a escasos kilómetros de La Ciudad. Veo al fondo de la carretera sus torres y sobre ellas el tejido negruzco de partículas suspendidas. “Joder” Pienso ante la boina de humo, vista en todo su esplendor, en la primera hora de la mañana de invierno.

“Menos mal que van a prohibirnos fumar” se queja alguien desde su asiento ” Mirad como está La Ciudad de humo” El comentario me provoca una sonrisa agria. Me levanto y me acerco hasta el conductor para preguntarle si le importaría volver a poner a Bob Dylan.

“¿Te parece El Blues del Zumo de Naranja o prefieres Mr. Tambourine?” Me pregunta. “Lo que tu elijas” le digo. “Tú eres el conductor, tú decides” “Bien” me responde “entonces los grandes éxitos, dejamos al Dylan experimental para el regreso”

Me vuelvo a sentar pensando que me habría gustado nacer en otros años. Pero ¿En cuáles? Estos, desde los que canta Bob Dylan, seguramente también estaban llenos de sinsentido, de sufrimiento, de ignorancia… Pero ¿Tanto?

Barajando respuestas llego hasta mi parada. Suena “Blowing in the wind” pero no me paro ya a escucharla, simplemente, me bajo del autobús, despidiéndome del conductor con una seña hacia el espejo retrovisor a la que él responde también sin palabras.

Ahora poso un pie sobre una las aceras de La Ciudad. Ya no veo el humo en suspensión a lo lejos, ya soy parte de él.

David Puntero

El hito fugaz


Confíando en el conductor, en su último viaje en coche se quedó dormido poco después de salir de un túnel.

Despertó ya en pleno mediodía y lo primero que observó tras el cristal fue un roble a la derecha de la carretera.

No hubiera sabido decir que lo diferenciaba de otros robles, pero la emoción del despertar se lo mostró único bajo la luz que filtraban sus hojas y mirarlo le pareció un juego que detenía el tiempo; a un lado la sombra, al otro la luz, aferradas a la tierra las raíces ocultas y con ellas él, quedándose atrás.

En un par de segundos lo perdió de vista.

Si alguna vez volviera a pasar por el mismo sitió no lo sabría distinguir del resto de los robles, pero consciente de que en los días que vinieron después, su recuerdo se fué convirtiendo en una imágen consistente como una roca y elocuente como una película que durase un siglo, mirará otro roble y sonreirá.

David Puntero

Ultimo encuentro con las Erinias


Al cruzar la primera esquina que se encontró tras salir de casa de un amigo, Miguel vió a las Erinias.

Sólo reconoció a Megera, la otras iban completamente ocultas, ni las escuchó hablar.

Los ojos serios, húmedos, brillantes y oscuros de la Seductora le miraron, se supo perdido y bajó la cabeza.

– Pues hala, a trabajar – Oyó que decía una voz dulce e implacable.

– Trabajo y vivo en el laberinto – Pensó Miguel como respuesta pero su pensamiento sonaba como una cuerda de violín pellizcada suavemente.

– Ya ya, claro. – Le respondió otra voz a golpe de latido.

Se hizo el silencio, luego se dió cuenta de que sus pasos seguían haciendo un ritmo sencillo, se dio cuenta de que bajaba la calle con el cuerpo frío, pensando, de nuevo, en otra cosa, pero el rostro de la Euménide, orlado por su impetuosa melena negra y rizada volvía a su cabeza como una letanía acechante.

Y es que tal vez no eran ellas en realidad si no tres desconocidas que paseaban y que al verle cruzar la esquina hubieran gustado de que las saludara y paseara un rato con ellas, se decía, pero seguía pensando que si, que quizá sí que eran ellas y que, enviadas por los hados, esa noche le recordaban que la elección entre el paraíso y el camino se realiza varias veces a lo largo de los días.

Tal vez es mejor abandonar el cielo por propia voluntad, que perderlo obligado por los juegos del destino, pero… ¿ Hay camino de vuelta ? Se preguntaba, y pregunta y respuesta se sucedieron en su cabeza como un eco cuya intensidad no decreciera nunca hasta que se halló de regreso a casa.

David Puntero

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