“Dueño del Universo Conocido” Ficción a partir de una noticia.


Nuestros colaborador habitual David Puntero nos deja en La Telaraña un texto que recrea ficticiamente esta noticia del diario La opinión de La Coruña.

“Dueño del Universo Conocido”

La cara del teniente de la Guardia Civil Serafín Romero Díaz, de pronto asemeja un caligrama de Apollinaire dedicado a las verbenas. Ante él se está desarrollando una de las escenas más extrañas que ha vivido nunca en cuartel. Se da cuenta que nadie sabe qué decir en la sala y toma aire.

-Entonces, a ver si yo he entendido bien, -Dice al final con temple de torero jubilado ya de la arena- ¿Usted viene aquí en calidad de “Dueño de todo el universo conocido” A denunciar a una ciudadana de Vigo porque ha levantado un acta notarial en la que se acredita como dueña del Sol?
-Sí, señor teniente, puede pedir las grabaciones a la televisión en la que han salido las imágenes en las que ella lo proclamaba. – Responde el denunciante mostrándose muy preocupado.

El teniente se lleva la mano a la frente. Los dos cabos que están con él en la sala están, uno, conteniendo la carcajada, y el otro, mirando con mucha curiosidad aquella escena entre su teniente y aquel hombrecito pequeño y redondito, que parece más un gnomo o un empleado de banca a punto de la jubilación, que un Dueño de Todo el Universo Conocido “Como Dios manda” y que ha venido a pedir que investiguen a otra mujer que ayer vio él mismo en la televisión mientras tomaba café con su compañero en un bar del pueblo, anunciando, en una de esas revistas televisivas de las tardes, que había levantado un acta notarial que daba fe de que ella era “Dueña del Sol”

“ Adquiero la propiedad del astro solar, conocido comúnmente con el nombre de “Sol”, y así mismo de su producción electromagnética y radiactiva, ya que no existe ni es conocido propietario desde hace 5.000 millones de años hasta la fecha”

El cabo se distrae recordándolo, y hasta le viene algo del olor del café que ya se tomó pero vuelve a su oído la voz del teniente.

-Y usted –Le pregunta al pobre hombre- ¿Tiene algún documento que acredite que es Dueño de Todo el Universo Conocido?
-¿Yo? -Le dice el hombre sorprendido por la pregunta- Yo nunca, jamás se me ha ocurrido hacer eso…- Respira hondo, se frota las manos que le sudan copiosamente- Mire… Yo no soy de esa gente. No necesito decir “Tengo esto” o “tengo lo otro”, yo delegué, al inicio de los tiempos, la gestión de todo a mis hijos que son mis abuelos también, pero, como usted verá yo y en mi nombre los desheredados de la Tierra y la Naturaleza entera, plantas y animales, nos vemos ahora perjudicados porque sospechamos que esta señora solo quiere lucrarse…
-Ya, pero verá, -Le dice el Teniente intentando poner el tono más humano posible en sus burocráticas palabras- si usted no me acredita que es Dueño de Todo el Universo Conocido…
-Y por conocer –le interrumpe el hombrecillo
-Ah. ¿Y por conocer también? Vaya –Dice sorprendido el Teniente, que empieza a sospechar que tal vez esto le lleve más tiempo del que sería necesario para que de parecerle divertido le pase a parecer una jodienda.
-Verá buen hombre… ¿Cuál es su nombre?
-Eulogio.
-Eulogio, muy bien… Verá – Respira hondo- Usted dice que es Dueño de Todo el Universo Conocido y por Conocer, pero yo para ponerle en calidad de tal necesito algún documento que así me lo certifique, ¿Por qué no va a buscar a ver si tiene algo que le valga y vuelve mañana?

Eulogio se le queda mirando con ojos tristes un instante, después baja la cabeza hacia la mesa y sus mirada se detiene, medio vacía, en las hojas que hay sobre esta. El Teniente Serafín Romero Díaz piensa aliviado que tal vez aquello no vaya a durar tanto como temió pero Eulogio vuelve a levantar la cabeza, le vuelve a mirar a los ojos y antes de que se den cuenta, los suyos, se han llenado de lágrimas y con la voz apagada y gesto de máscara trágica empieza a tratar de decirles que ellos no le entienden, pero no puede hacer sonar una sola palabra. Solo mueve la boca como si dijera “Usted no me entiende” Una y otra vez. Mirando a unos y otros. Así durante lo menos 3 minutos. Después se serena, le vuelve la voz y pasa un minuto en el que se va relajando mientras les dice que cómo va a creer él en el Derecho Romano de Propiedad si este permite a ciudadanas de Vigo proclamarse dueñas del sol en actas notariales.

-Miren, yo puedo tratar de demostrarles que conozco el aire y el agua en todos sus estados.No sé cómo pero a ustedes seguro que se les ocurre alguna manera. Además los primeros que pintaron estrellas en las cuevas, en la noche de los tiempos, fueron mis abuelos que a la vez eran mis hijos también. ¿Eso les valdrá como prueba?

En ese momento el Teniente Serafín Romero Díaz se da cuenta de que no habrá manera de deshacerse de aquel pobre hombre si no es siguiendo el protocolo de denuncia y ya se verá que se hace con el papel que resulte del ejercicio.

Así que agarra lápiz, agarra el formulario de denuncia y se lo tiende al hombre.

-Bueno, pues aquí tiene, redacte la denuncia y désela a alguno de estos dos compañeros. Yo tengo que ir a hacer una llamada.

Eulogio le pregunta si puede sentarse, el teniente Serafín Romero Díaz le cede una silla y le deja escribiendo sobre su propia mesa. Después toma del perchero su abrigo largo y sale de la habitación del cuartel dejando la puerta abierta por la que se cuela un frío endemoniado. Cuando Eulogio termina su escrito, lo lee con gesto absorto.Lo firma y debajo escribe. “Todo es cierto” y lo subraya. Después él también sale a la calle y no ve a nadie en la puerta.

Ocupado


Hoy os traemos a La Telaraña un nuevo relato de Santiago de Arriba Manrique

¡ Victoria o muerte !


Un breve relato de Santiago de Arriba Manrique para La Telaraña

Ese cubano, compay, el tal Ramón, en pleno trance, se dejó vencer y no perdió.

Sólo cayó vertiginoso de la silla, impelido por el peso de una mulatona descomunal que, en pleno éxtasis pélvico, se abalanzó brutal sobre su pecho.

Ese hecho fue, y no otras vainas de la propaganda yanqui difundidas por comemierdas y comadres, el que provocó que se machacase la nuca.

Se dejó vencer y murió. ¡Pero ese cubanito, compay, no perdió! ¡Otro ron a la memoria del tal Ramón! ¡Viva la Revolución!

Santiago de Arriba Manrique

Escrito en Madrid, el 10 de Enero del 2009

Antitabaco


Espero el autobús en el Sur de La Ciudad. Hace frío.

El autobús tarda 10 minutos. Cuando llega y entro en la atmósfera somnolienta de su interior me siento a la izquierda, junto a la ventana y miro el paisaje : las calles a la luz de las farolas. Al fondo, sobre las casas bajas, se ve la penumbra del primer clarear de la mañana.

Hacemos una rotonda y me doy cuenta que el conductor lleva puesto un disco de Bob Dylan, la canción que esta sonando es “Rainy day women”. Me gusta el deje vacilón que tiene. Me gusta que sea una mañana de lluvia. Busco alrededor a las mujeres del día lluvioso, pero nada. Miro hacia el otro lado de la ventana de nuevo y escucho la canción hasta que acaba y después otra. Luego se oye la radio. Me duermo apoyado contra el vidrio.

Despierto a escasos kilómetros de La Ciudad. Veo al fondo de la carretera sus torres y sobre ellas el tejido negruzco de partículas suspendidas. “Joder” Pienso ante la boina de humo, vista en todo su esplendor, en la primera hora de la mañana de invierno.

“Menos mal que van a prohibirnos fumar” se queja alguien desde su asiento ” Mirad como está La Ciudad de humo” El comentario me provoca una sonrisa agria. Me levanto y me acerco hasta el conductor para preguntarle si le importaría volver a poner a Bob Dylan.

“¿Te parece El Blues del Zumo de Naranja o prefieres Mr. Tambourine?” Me pregunta. “Lo que tu elijas” le digo. “Tú eres el conductor, tú decides” “Bien” me responde “entonces los grandes éxitos, dejamos al Dylan experimental para el regreso”

Me vuelvo a sentar pensando que me habría gustado nacer en otros años. Pero ¿En cuáles? Estos, desde los que canta Bob Dylan, seguramente también estaban llenos de sinsentido, de sufrimiento, de ignorancia… Pero ¿Tanto?

Barajando respuestas llego hasta mi parada. Suena “Blowing in the wind” pero no me paro ya a escucharla, simplemente, me bajo del autobús, despidiéndome del conductor con una seña hacia el espejo retrovisor a la que él responde también sin palabras.

Ahora poso un pie sobre una las aceras de La Ciudad. Ya no veo el humo en suspensión a lo lejos, ya soy parte de él.

David Puntero

¡¡¡ ES QUE NO PUEDE SER!!!


Este cuento aparece en La Telaraña gracias a la colaboración de Santiago de Arriba Manrique su autor.

Recuerdo con cálido cariño aquellos días de escuela. Mis primeras impresiones se circunscriben a las sotanas, las reprimendas vara en mano y esos horribles zapatones que parecían una cucharada en el vacío.
Sin embargo, admiraba el marfil que, bien bruñido, representaba la cruz.
Opino que ha llegado el momento de decirles que yo, pese a mi apariencia, producto de las aventuras de una intrépida bailarina gallega, soy negro. Nací en Guinea y Malabo fue la escuela de mi infancia. Obviamente, estas letras surgen de un aprendizaje posterior. La verdad es que sí. Rechacé lo español por sistema y, cual bonaerense, me sumergí en la cultura francesa.
Pero, y crean que lo siento, no tengo tiempo. Ustedes no lo entienden todavía y yo tengo mucha prisa. ¡Si no lo hubiera leído!
Lo cierto es que atraqué aquella sucursal del “Banque Nationale de Paris”. Maté al cajero y me hice con toda la pasta. No es menos cierto que después, entre ardientes tiroteos, huí hacia mi casa y cuando mi madre esperaba el pan se topó con dos disparos. Admito también que acribillé la noble cara de mi padre como si tumbase patos en una feria.
Sí, yo volé la casa y reduje la débil resistencia de los vecinos cosechando alguna baja más.
Pero, ¿pueden imaginarse ustedes lo que es ser negro habiendo leído a Baudelaire?

Santiago de Arriba Manrique

El hito fugaz


Confíando en el conductor, en su último viaje en coche se quedó dormido poco después de salir de un túnel.

Despertó ya en pleno mediodía y lo primero que observó tras el cristal fue un roble a la derecha de la carretera.

No hubiera sabido decir que lo diferenciaba de otros robles, pero la emoción del despertar se lo mostró único bajo la luz que filtraban sus hojas y mirarlo le pareció un juego que detenía el tiempo; a un lado la sombra, al otro la luz, aferradas a la tierra las raíces ocultas y con ellas él, quedándose atrás.

En un par de segundos lo perdió de vista.

Si alguna vez volviera a pasar por el mismo sitió no lo sabría distinguir del resto de los robles, pero consciente de que en los días que vinieron después, su recuerdo se fué convirtiendo en una imágen consistente como una roca y elocuente como una película que durase un siglo, mirará otro roble y sonreirá.

David Puntero

La duda de Buda


Este relato aparece en La Telaraña gracias a la colaboración de Santiago de Arriba Manrique, su autor:

De repente le cambió la cara. Los ojos comenzaron a brillarle al margen del arco iris. Desapareció esa eterna sonrisa helada y las comisuras se dirigieron hacia las orejas que, complacidas, proporcionaron la elasticidad suficiente para que la lengua barriera soez los ancestros en plena carcajada.

La piedra se hacía tendones en sus brazos y comenzó a tambalearse. En plena conciencia cósmica se atrevió a dar unos pasos y eso le perdió.

Cayó pendiente abajo y el pobrecito se deshizo la cabeza. Ya no pudimos volver a repararlo. Y fue una verdadera pena porque quedaba muy bonito encima del televisor.

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