“Rosas Rojas” por Gonzalo Tomás Salesky


En la puerta del hospital de urgencias, donde estacionan las ambulancias, había una pelea entre dos hombres. Me llamó la atención porque solamente uno de los dos golpeaba al otro, que no caía al piso a pesar de los tremendos puñetazos que el primero le aplicaba en el rostro. Habían comenzado dentro de un taxi y bajado de él a los tumbos. Quien recibía los golpes ni siquiera sacaba las manos de sus bolsillos, como si en ellos estuviera protegiendo algo valioso. No ofrecía ningún tipo de resistencia, sólo buscaba evitar los impactos. Pero no lograba hacerlo del todo, y el que golpeaba de manera feroz –que por su ropa parecía ser el taxista- le asestó varias trompadas más hasta que el agredido, al fin, se decidió a correr.

Me pareció extraño que no hubiera intentado defenderse o al menos, alejarse cuanto antes.

Perdí de vista a los dos hombres y seguí caminando. Entré al hospital por una de las puertas laterales. Venía bastante apurado, como siempre. Iba a visitar a un pariente internado y sólo llevaba un ramo de rosas rojas en mi mano derecha.

Unos segundos después, sentí que me empujaban desde atrás. Trastabillé y casi caigo al suelo. En una de las galerías, cerca de la terapia intensiva, el mismo hombre que había recibido los golpes me tomó del brazo y con un arma pequeña apuntó a mi pecho. Haciendo ademanes, me obligó a acompañarlo. No dudé un segundo.
Estaba muy lastimado y de su ojo izquierdo parecía caer sangre. Su camisa blanca, llena de pequeñas manchas de color oscuro. Y sus dientes…

Corrimos un largo trecho. La gente se horrorizaba al ver su cara destrozada y el revólver que llevaba en su mano derecha. Parecía algo grotesco, un hombre desequilibrado corriendo al lado de otro que seguía sosteniendo, como si fuera un trofeo, un ramo de flores. No entiendo por qué en ese momento no pude soltarlo.

Subimos a un pequeño ascensor. Allí bajó su arma y me miró a los ojos por primera vez. Sacó de su bolsillo una pequeña caja de color blanco, cerrada con cinta adhesiva, y me la entregó sin decir nada. Al detenernos en el segundo piso, volvió a tomarme del brazo y así corrimos hasta el borde de un balcón que se encontraba unos pasos delante de nosotros.

Abajo, la gente había empezado a congregarse. Extrañamente, a pesar de todo, yo me encontraba tranquilo y seguro de que no iba a lastimarme. Algo en su mirada lo decía. Pero aún no llegaba a entender por qué me había dado la caja.

– No la abras todavía. Sólo después que me vaya. No cometas los mismos errores que yo.

Habló como si estuviera leyendo mi mente.

No tuve tiempo de preguntarle nada. Acercó la punta del revólver a su garganta, debajo de la nuez de Adán, y disparó.

Se desplomó sobre mí. Y la sangre… ¡por Dios! Tanta sangre a borbotones sobre mi ropa, mis zapatos y el ramo de flores.

Me lo saqué de encima. Sentía vergüenza de pensar más en el asco que me producía ensuciarme que en la locura y el drama de ese pobre hombre.

En pocos minutos llegó la policía. Tarde, como en las películas. Sólo atiné a quedarme sentado, apoyado contra la pequeña pared que nos rodeaba. Guardé la caja en el bolsillo. Tuve la tentación de dejarla tirada o de esconderla en el pantalón del suicida, pero preferí respetar su último deseo. Cuando todos se fueran, la abriría.

Una vez en mi departamento, cerca de las cinco de la tarde, aún no había podido almorzar. Seguía asqueado por la horrible sensación de la sangre caliente sobre mi cuerpo. Volvía a verla, manando con violencia, mojando mis manos y mis pies.

Me senté en el living. Acababa de llamar la policía para pedir algunos datos y ver si podía aportar algo más. De paso, me avisaron que el psicópata no había muerto todavía. Estaba muy grave, internado en el mismo hospital de esta mañana. Era prácticamente imposible que sanara o despertara, según el comisario a cargo de la investigación.

Sin embargo, algo me impulsó a ir a verlo. Para saber más de él o de su vida. Además, me tentaba la idea de dejar la cajita blanca de bordes plateados entre sus pertenencias.

Pero no iba a poder hacerlo.

Una hora después, estaba en camino del hospital, por segunda vez en pocas horas.

Llegué a la sala de terapia intensiva pero dos oficiales me impidieron el paso. Estaban parados al lado de la puerta, uno de cada lado. Me preguntaron si tenía relación con él, si era familiar o pariente. No quise decirles mi nombre, sólo contesté que lo había conocido hace poco tiempo. El más joven me dio el pésame por anticipado y me informó que podía quedarme por allí, para esperar el obvio desenlace.

Di media vuelta y busqué la salida. Había sido un día bastante largo.

Apenas subí a un taxi para volver a casa, tomé la caja y me decidí a abrirla. De una vez por todas. Nunca hubiera podido imaginarme lo que contenía.

Tenía que entregársela a alguien. Pero no a cualquiera. Alguien que fuera capaz de llevar a cabo lo que la caja pedía.

Vi por el espejo retrovisor que el taxista había observado lo mismo que yo. Y supe que comenzó a desearla, con todas sus fuerzas.

Estacionó a los pocos metros, cerca del sector de entrada y salida de ambulancias, y giró hacia mí. Me exigió la caja y no quise dársela. Por eso mismo comenzó a golpearme. En el rostro, en los oídos, en el estómago… Pero no la solté. La guardé en mi bolsillo, a salvo de todo.

Tratando de esquivar sus trompadas, bajé del auto. Sin saber hacia adónde iba, empecé a buscar al próximo destinatario.

Advertí que desde lejos nos estaban mirando. Era un hombre calvo, como yo, que parecía llevar algo pesado en sus manos.

Lo seguí. Enceguecido por el impulso de compartir con alguien especial el contenido de la caja, fui hacia la galería donde se encontraba. Aún sin saber cómo iba a convencerlo de que acepte.

Se me ocurrió quitarle el arma a un guardia del hospital. Lo hice y corrí con todas mis fuerzas por uno de los pasillos. Mi corazón latía cada vez más rápido. La sangre ensuciaba mi camisa. Tenía el ojo izquierdo semicerrado y mis dientes…

Encontré al calvo y lo tomé del brazo. Con la pistola apunté a su pecho y lo obligué a correr junto a mí, para alejarnos de todo. Nos refugiamos en un ascensor.

Cuando bajamos en el segundo piso, casi sin aliento, le di la caja y le indiqué:

"Solo llevaba un ramo de rosas rojas en mi mano"

“Solo llevaba un ramo de rosas rojas en mi mano”

– No la abras todavía. Sólo después que me vaya. No cometas los mismos errores que yo.

No tuvo tiempo de preguntarme nada. Allí mismo, cerca del balcón, acerqué la punta del pequeño revólver a mi garganta y disparé.

Caí sobre él. Y mi sangre… por Dios, tanta sangre a borbotones sobre su ropa, sus zapatos y el ramo de rosas rojas que él seguía sosteniendo entre sus manos, como si fuera un maldito trofeo.

(*) Gonzalo Tomás Salesky Lascano nació en Córdoba en 1978. Ha publicado tres libros: 2011 (poemas y cuentos, en el año 2009), Presagio de luz (poemas, año 2010) y Ataraxia (cuentos y poemas, año 2011).

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Unos “CuenTUITos” de Lucas Gattoni


En La Telaraña nos gusta, sobre todo, aparte de compartir nuestros propios contenidos, acercaros cosas que no están muy a la vista de todos, por eso hemos publicado entrevistas a personas que no son lo que se podría decir “celebridades” o “personalidades” pero que, sin duda, celebramos haber encontrado en la red y en la vida real porque creemos que su trabajo está lleno de personalidad.

Es el caso del exproductor y escritor Santiago de Arriba, de la Fotógrafa Carolina Valtuille o del escritor Ismael Milán Cara, y es el caso, también en esta ocasión, de Lucas Gattoni, joven diseñador argentino, al que podeis seguir en Twitter buscándolo como @conunojosolo, que nos ha dado permiso para publicar algunos de sus pequeños textos denominados por él mismo “cuenTUITos” y nos ha respondido algunas preguntas.

El "microcuenTUITsta" Lucas Gattoni

¿Qué te impulsa a escribir?

…Todos somos un poco artistas… llevamos un impulso dentro nuestro, una fuerza que tiene que salir, que desea ser compartida.. En mi caso, he encontrado la micro literatura como vía de expresión a través de la cual me siento más cómodo.

¿Y qué te inspira?

Todo: historias ya vividas, proyectos, una mínima escena que pueda ver por la calle mientras voy caminando…

Buscando en su blog con un ojo solo podemos encontrar un texto que habla de la inspiración en el que reconoce un cuento brevísimo que aparece en el libro “Un tal Lucas” del gran Julio Cortázar como uno de los primeros textos que le hicieron pensar en que eso era lo que él quería hacer.

“Mirar con un solo ojo es como espiar a través de una cerradura… Ver sólo un fragmento de una escena por vez –una instantánea que por sí misma cuente una historia– y apelar al propio ingenio para construir el resto.
 Eso es, brevemente, enfrentar la vida con un solo ojo”

Apelando a la capacidad asociativa de ideas ¿Nos puedes hablar de alguna relación que encuentres entre la creación de un diseño y la de un “Cuentuito”?

“…Mis cuentuitos son retazos de historias que pretendo que cada lector imagine a su antojo. Mi acercamiento al diseño es muy similar, me gusta dejar espacios vacíos que el público objetivo de la pieza gráfica pueda llenar…

También tiene relación el formato reducido y la manera de escribirlos, rápido, a mitad de otra cosa… El mismo ritmo que llevo en el trabajo de diseñador en el que todo debe entregarse para ayer”

Tus Cuentuitos ¿Te salen de una vez o te rondan la cabeza por un tiempo? ¿Has escrito y reescrito más de una vez alguno de ellos?

Las ideas me vienen generalmente mientras camino por la calle. Trato de escribir el cuento entero en mi viejo Nokia 1100. Si tengo otras cosas en la cabeza simplemente escribo frases o palabras clave y luego frente a mi Pc les doy la forma final…

…Una vez que el cuento está subido al blog, excepto que encuentre una falta de ortografía, no lo toco más… Uno debe dejar “morir” tranquilas sus obras.

¿Tienes en mente escribir, o has escrito ya, algunos textos más extensos?

Durante mi adolescencia escribí varias canciones para un grupo de música que tenían amigos de la escuela… Una sola llegó a grabarse en realidad… el título “Más allá del cristal” Luego tuve una época de poemas de amor, bastante cursi a mi entender actual…

Participé hace muchos años en un concurso de cuentos cortos (Con una historia que luego se transformó en cuentuito y que así funciona mucho mejor) Y también escribí dos o tres guiones para sketchs graciosos. (Para fogones Scouts)

Con ninguna de estas expresiones me siento tan a gusto como con los microcuentos que comparto día a día desde mi blog y desde mi cuenta de Twitter


Algunos cuentuitos de Lucas Gattoni:

“Razón”
“Nunca pensé que mi tremendo secreto
 –ése que escondí por años– sería para él nada más que otra razón para seguirme amando.”


Suficiente

“Se despojó de las canciones melosas, los 
poemas cursis y las cartas con corazoncitos…
y lo que quedó fue suficiente.”

Nadie
“Había escrito el cuento más bello y lo olvidó… para tratar de recordarlo, pasó años
 creando historias que nadie leía.”

Ella
“Al arrancar el tren, sólo pudo sentir
 nostalgia… hasta que se dio cuenta
 que ella seguía sentada a su lado.”

Motor
“A través del sordo siseo del motor, 
escuchó un crujido… abrió la puerta y comprobó 
que sus sueños se habían trizado.”

Las fotos que acompañan esta entrada y los cuentuitos están bajo CopyRight de Lucas Gattoni, él da permiso para difundirlos siempre que se le cite como autor.